Ignacio Aldecoa en la frontera. Parte de una historia.

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Parte-de-una-historia-189x300Ignacio Aldecoa en la frontera. Parte de una historia.

Tras cualquier frontera siempre hay algo más, o acaso la nada, si nos vamos muy lejos. En el caso de que esto fuera posible ­­-asomarnos a la nada, allí apoyados en la última baranda del universo- quizá lo que viéramos (o lo que no viéramos) no nos causaría tanto pavor como el que nos causa mirar a otro barrio, otra ciudad o a otro país. Es posible incluso que mirando a la nada, con el bocadillo de mortadela en la mano, sintamos hasta cierto gusto. Dicen que los que ven el mar por primera vez siente ante su inmensidad una paz indescriptible. De hecho, continuamente estamos cruzando fronteras: dormidos de un día a otro; bien despiertos antes y después de decir hola a un desconocido; en la decisión de marchar de una casa o de un amor… Cada latido del corazón es una frontera entre la vida y la muerte que no cruzamos casi nunca. Llegar a la frontera, mirar, atravesar (si nos dejan) y abandonar. Pero en el arte el asunto varía: en el arte las fronteras están básicamente para quedarse en ellas, viviendo en ese límite, acostumbrándose con el tiempo a esa altura, a la falta, no de oxígeno, sino de paz, de tranquilidad o sosiego. En el arte las fronteras son lugares convulsos, caóticos, en llamas. Allí se vive en un magma infinito en donde sólo los más osados y valientes consiguen vivir. Es un lugar para quedarse, donde hay gente que construye casas al borde, una especie de Cuenca fantasmagórica con balcones colgando a un cráter fantástico que expulsa materiales y gases extraños. Allí fui como turista en un viaje concertado low cost hace unos meses. Allí me encontré viviendo a Ignacio Aldecoa. descarga

Me apunté al viaje sin ganas. Me dieron el folleto por la calle. Me puse las gafas de cerca y leí aquella tontería: “Transportes Roca te lleva a la frontera en el puente de Todos los Santos.” Tontería o no, fui, soñoliento y escéptico. Tras un cómodo viaje llegué curiosamente… “Ayer, a la caída de la tarde, cuando el gran acantilado es de cinabrio, he vuelto a la isla.” Esta es la primera frase de Parte de una historia, la primera frase que le leí a Aldecoa. Me tuve que acostumbrar a las palabrejas, diccionario en mano al principio. Supe desde las primeras páginas que aquella frontera me resultaría incómoda y sonreí. Me alegré, joder, porque así debían ser las cosas en ese lugar del mundo. No hay espacio para el gozo cómodo. Transportes Roca no me engañó. Esta novela está en una frontera agresiva. En ella la realidad se estira y contrae a golpe de perfecta sinestesia o metáfora. Tan llevado al límite está todo que Aldecoa crea una especie de grado de comprensión sublime o paralelo, un estado hipnótico en donde las cosas no es que sean mejor comprendidas, es que lo son más hondamente. Esta novela es un microscopio que deja ver el SER de las cosas.  “En el rayo de sol que flecha por la contraventana hay un tobogán de arena iridiscente.” Me dieron ganas, como después al protagonista, de interrumpir la luz para dejar de ver aquella vorágine. En Parte de una historia, publicada en 1967, Aldecoa abandona los aires costumbristas y realistas de novelas como Con el viento Solano, Gran sol o El fulgor y la Sangre (otras pequeñas joyas de su bibliografía), de tinte más social , aunque esta no deje de serlo, para meterse de lleno en un narrador con una visión casi onírica de una isla y sus pobladores. Allí irrumpe para contarnos un mundo también en la frontera. Es una narración tan formidable y, sobre todo, tan bien escrita, en una prosa tan luminosa y tan cuidada al extremo, que es realmente sorprendente que no sea un libro más leído, conocido y estimado. Aldecoa está siempre a punto de caerse en esa nada del arte que es lo increíble, lo que ya no soportamos por absurdo e infantil, por manido y mediocre. Siempre está ahí, a punto de resbalar, porque se apoya en recursos que pueden ser fácilmente mal utilizados o distorsionados; unos recursos semánticos y estilísticos que necesitan ser hilados muy finos para soportarlos. WhatsApp Image 2018-10-27 at 12.17.28“Ahora rememoro, encontrando una suerte de compasión gozosa, todo lo que ha sido encastillado desastre y orgulloso cansancio de mí mismo. ¿Hasta dónde el orgullo puede desarraigarnos? Ahora rememoro, estando a muchas millas de mar, a muchos kilómetros de mi tierra, la ciudad de desasosiego que he abandonado. Aquí, en esta isla y en esta mañana bruñida, comienzo a comprenderme distanciado de la imagen que tengo de mí, allá, lejos, como en una historia sucedida a otro.” Así llega el protagonista. Y desde entonces, Aldecoa, con un magnífico manejo de los diálogos y un acercamiento excepcional al mundo marinero, nos lleva de la mano al centro mismo de una mirada. Parte de una historia es una pequeña obra maestra escondida en nuestro siglo XX. Ha sido tan grato, tan desasosegante, tan elevado llegar a esa frontera… Gracias Transportes Roca, tenga mi correo y avíseme de más viajes de este tipo.

Crimen y Castigo. Ordinarios o Extraordinarios, ¿Qué somos?

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Crimen y Castigo. Ordinarios o Extraordinarios, ¿Qué somos?

No hay una respuesta sencilla a esa pregunta. De hecho Dostoyevski intenta dar una respuesta y se encuentra con que quizá haya más de una, (Ortega y Gasset distinguiría años después en El Tema de nuestro tiempo a “hombres selectos y vulgares”). Y si alcanzáramos a responderla… ¿Qué nos hace extraordinarios si es que acaso lo somos? ¿Qué nos hace “selectos”? De alguna manera todos queremos serlo pero quizá no todos podamos, aunque también puede ser que todos lo seamos y lo realmente extraordinario sea ser ordinario. Puede ser incluso que nos creamos extraordinarios por una cosa pero en realidad lo seamos por otra. ¿Es Raskolnikov ese ser que “tiene derecho a decidir según su conciencia si debe salvar ciertos obstáculos (los que sean), únicamente en el caso exclusivo de que la ejecución de sus ideas lo exija?”.  En esta pregunta se cimenta gran parte de esta historia petersburguesa. descarga (7) Pasa que, como suele ocurrir en las grandes novelas, las cosas no suelen ser lo que parecen y la verdad se bifurca en numerosos caminos. Crimen y Castigo es sobre todo una novela viva, poliédrica, llena de personajes que en si mismos pudieran perfectamente ser protagonistas de su propias novelas. Pero aquí, quien manda, es Rodion Romanovich Raskolnikov, básicamente, un tipo con suerte. Sin duda uno de los grandes personajes de la historia de la literatura. Como lector estoy deseando seguir sus peripecias, dentro y fuera de su “desquiciada” cabeza. Cuando el narrador se desvía estoy tentado en saltarme las páginas en las que no aparece para saber por dónde camina y cuáles son sus descabellados pensamientos. Quiero que siempre esté en escena y quiero saber lo que opina de todo. Es un personaje poderoso y  absorbente. No siempre uno comulga con sus intenciones y con sus desvaríos pero uno parece siempre quererlo, o al menos estimarlo, porque ¡pobre muchacho asesino! ¡¡cómo no sentir pena por él!! images (1)Este es uno de los grandes aciertos de Dostoyesvki, hacernos empatizar con este pobre majareta o este genio de su tiempo; sentir lástima por él, acompañarlo en sus sufrimientos, defender al asesino… ¿Por qué? No porque lo creamos un ser extraordinario con derecho a cumplir sus deseos a toda costa, sino porque es un hombre amado. Su madre y su hermana lo adoran; su amigo Razumijin lo adora; Natalia le lleva calditos a su pobre habitación… Nadie conoce su secreto pero aún conociéndolo… lo adoran. Se me pone la carne de gallina cuando recuerdo a Sonia echándose en sus brazos: “No, ahora no hay en el mundo un ser más desgraciado que tú”, exclama Sonia. “Nunca, nunca te dejaré”. Y en esta escena el lector se hunde y… casi se siente desgraciado. Raskolnikov a lo sumo, perplejo y aliviado. No entiende que ella pueda seguir queriendo estar con él después de lo que sabe pero… aquí está el milagro: sus lágrimas, “su corazón doliente y lacerado”. Sonia es lo que todos deseamos cuando ya no hay más fondo en el pozo para caer. Unos se refugian en la Cruz, otros quizá en la bebida, algunos optan por el suicidio, aunque no hay tipo más suertudo que Raskolnikov: tiene las lágrimas de una mujer y su corazón doliente y lacerado. ¡Tócate los huevos Raskolnikov.! ¿Alguien da más? De alguna manera todos anhelamos ese amor incondicional que otra persona pueda darnos, nos hace sentirnos poderosos e invulnerables. Es el Paraíso en la Tierra. ¿O no? Porque si lo pensamos bien este tipejo es un asesino. ¿Cómo se puede amar de esta manera a alguien así? ¿No hay algo enfermizo en ello? De hecho no hay ni asomo de arrepentimiento en Raskolnikoz, su conciencia está tranquila, pagará porque hay que pagar por ley pero… “En ello era en lo que reconocía su crimen: sólo en no haber llegado donde se proponía y haberse denunciado a sí mismo”. Este tío es un monstruo…images

Crimen y castigo sobrecoge porque muestra hasta dónde puede llegar el ser humano, cuál es nuestra miserable y a la vez nuestra grandiosa naturaleza. Cómo somos capaces de encontrar en un mismo lo mejor y lo peor, lo más bajo y lo más sublime y… eso asusta. Asusta un huevo. Porque uno debe vivir con ello, debe vivir pensando, sabiendo, que ese al que amamos lleva en sí mismo el germen de todo lo que odiamos.  

Berta Isla. El personaje inperfecto

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descarga (1)Berta Isla. El personaje imperfecto

Repaso una tras otra las novelas que ya casi guardaban polvo en la librería y siento un extraño placer infantil de coleccionista. Vistas así, en conjunto, encima de la mesa, desprenden un ligero resplandor que ilumina lugares demasiado hondos para poder describirlos. Ese resplandor es como una punta de flecha que mágicamente serpentea doblando esquinas y esquivando árboles y que yo sigo trabajosamente. No sé por qué esa flecha pasó junto a mí y por qué yo me di trazas para verla, aunque sí sé por qué no la dejé pasar sin seguirla, vibrante y ligeramente incandescente.

descarga (2)Ahora esa flecha me ha llevado a lo nuevo de Javier Marías. Uno empieza a leer esta novela algún tiempo antes de su publicación, cuando sabe de ella por un artículo de periódico. “Marías publica de nuevo”. Justo ahí empecé la aventura de una tal Berta Isla, una mujer anónima entonces, claro está, sólo una sombra, un jirón de relato, como diría un amigo. Porque las novelas de Marías ya están leídas de antemano, una buena parte, igual que ya estuvieron vistas anticipadamente, en buena parte, las películas de Kubrick o Hitchcock. Sólo nos faltaba la nueva historia porque lo importante ya lo sabíamos. La historia sólo era una excusa para poder disfrutar de ellos otra vez deleitándonos en su desmesurado y profundo arte, su inigualable talento cinematográfico. Pasa lo mismo con Marías. Porque digámoslo ya: Berta Isla, al igual que muchas de las novelas de Marías, no es ni más ni menos que un complejísimo mecanismo técnicamente casi perfecto. Lo que Marías escribe es la novela del futuro, y tanto es así que cualquier otra novela actual parece apolillada o primitiva. Marías ha conseguido tal refinamiento que ha ampliado los “límites” de la novela imprimiéndole un carácter de texto futuro en los que la novela ya no sólo es la mejor herramienta para reflejar eso que llaman la compleja condición humana; ni siquiera es ese vehículo privilegiado para conocer lo que antes desconocíamos de nuestra complicada existencia. La novela de Marías parece haber superado ya ese camino pedregoso y tortuoso en el que la novela nos expuso lo difícil e inasible que es nuestra verdad para pasar a contarnos lo que el ser humanos es, después de siglos de deliberación y de miles de páginas escritas. Hay poco o ningún espacio para la duda. Marías parece desdeñar ofrecer alguna posibilidad al lector para que piense o reflexione por sí mismo sobre las peripecias de sus personajes. Su exacta, perfilada y sofisticada literatura huye de medias tintas y traslada esto mismo a sus personajes, que dudan poco o nada, que tienen poca o ninguna posibilidad de cambiar, que son mecanismos perfectos en sí mismo;  asistimos a sus vidas a través de sus propias elucubraciones o las del narrador un tanto perplejos de que puedan pensar de la manera que piensan, como si fueran el resultado de horas de reflexión y duda y llegáramos en el momento exacto de sus conclusiones, ya invariables y lapidarias, por tanto.

images (1)Berta Isla, como otras de las novelas de Marías, tiene algo de texto religioso. Si a Berta Isla le tuviéramos que arrancar una página por cada vez que se repiten conceptos o ideas tales como la ESPERA, el SECRETO, el TIEMPO o la TENACIDAD, la IMPOSIBILIDAD DE VOLVER ATRÁS, el FINGIMIENTO… se quedaría en la mitad de sus páginas, pero ninguna de esas páginas sobra porque las novelas de Marías tienen algo de letanía o de retahíla, al sucederse una y otra vez de manera uniforme estos mismos conceptos. De esta manera se crea una especie de oración o mantra que va calando poco a poco en el lector que parece ser capturado casi físicamente en estas repeticiones. También hay sin duda mucho de ese lirismo poético religioso que viene como anillo al dedo para reflejar sentimientos y emociones individuales: “… y con frecuencia acaban por exagerar la protección y el cuidado, por verla como un ideal, pese a ser interrogativa carne y sano hueso e intrigado sexo.” Este lirismo imprime a los personajes, al propio Tomás Nevinson o Tupra o a la misma Berta Isla, una pátina “divina” que los hace ser casi sobrenaturales. De hecho Berta Isla tiene mucho de impostado y florido o engolado que le da un aire como de novela medieval. El magnífico manejo del tiempo crea una especie de pasado lejano mitológico ofreciendo al personaje de Tomás Nevison una pátina casi heroica o caballeresca. Marías rompe con esa idea escolástica de creación de personajes o de tramas o de construcciones. Sus novelas son demasiado novelísticas, todos los personajes suelen hablar de la misma manera, incluso igual que el narrador; los personajes son sólo (nada más y nada menos) que pensamiento. La verdadera acción está en el interior de los personajes por mucho que se nos describan escenarios y lugares, tan sólo necesarios para ubicar o amueblar el lugar de los hechos. A Marías no le interesan las batallitas de los personajes sino qué repercusiones tienen en ellos mismos y en los demás. Unas repercusiones que van más allá de prosaicas consecuencias y que apunta directamente a lo que son.   “Ese podía haber sido el destino de Tomás, hundirse en la niebla de lo sucedido y no sucedido, en la negra espalda del tiempo, engullido por la garganta del mar. Y ser eso: un brizna de hierba, una mota de polvo, una ráfaga breve, una lagartija que trepa por un muro en verano, una humareda que por fin se apaga; o una nieve que cae y no cuaja.” ¡¡Y sin embrago, se mueve!! Y sin embargo, funciona. Marías destroza todo canon y crea un mundo propio al que todos están invitados pero con el que no todos comulgan. Berta Isla es emocionante, cautivadora, inteligente, persuasiva, triste, oscura. Una vuelta de tuerca a la novela de espías que trasciende internándose en esa otra parte que nunca nos han contado ni nadie conoce. Y ya se sabe que “sólo existe lo que se nos cuenta.” 

 

 

 

 

Sombra trágica

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images (2)La tragedia. Lo trágico. Destino. Sufrimiento. Cólera. Lamento. Dolor. Venganza. Muerte. Al fin y al cabo un mundo sencillo. Una mirada moderna a aquella trágica fantasía griega desazona. Marcel, al final de En busca del tiempo perdido dice que le da miedo no conservar la fuerza suficiente para mantenerse mucho tiempo unido a aquel pasado (el suyo) que descendía ya tan lejos. Esa desazón llega, en cambio, al comprender que en este caso (en ninguno cuando se trata del hombre) no hay miedo posible a desengancharnos de ese pasado tan lejano. Esquilo obliga a hablar a Prometeo en contra de su voluntad, y este señala que convirtió a los mortales en “señores de sus afectos”y nos privó de “andar siempre pensando en la muerte dándonos esperanzas” Todo desmiente la afirmación de Prometeo porque los mortales no son señores de nada en realidad, o al menos eso parece. Pero ¿quién podría esgrimir que no somos dueños de a quién amar u odiar y que la esperanza nos alivia el sufrimiento de la muerte?  ¿Es acaso todo un engaño, una mentira, una máscara? Una de las cosas que más me perturba de esta fantasía trágica griega no es que sigamos siendo básicamente los mismos, sino que después de miles de años no hayamos conseguido variar esas pautas en nuestro beneficio. Las hemos escondido, images (1)eso sí, les hemos dado un barniz de modernidad, las hemos embridado, pero no hemos podido cambiar nuestra condición al igual que no hemos podido hacer que nos crezca un tercer brazo en nuestro provecho. Un mensajero en Medea considera a la condición humana una sombra. Edipo cree que vivimos una vida igual a nada. Odiseo en Ayax dice que no somos más que fantasmas y sombras vanas. ¿Hemos dejado de ser algo de esto después de dos mil quinientos años? Aquella literatura empezó a hacernos comprender lo que somos pero ¿hemos sacado algún provecho de ello? ¿Nos ha servido para transformarnos? ¿Hasta dónde el conocimiento de uno mismo sirve para, a nuestro antojo, cambiarnos, mejorarnos? ¿A que se refieren estos personajes con lo de “sombra”. El mensajero de Medea es de un categórico que asusta: no hay felicidad posible, acaso cierta fortuna. La fantasía trágica griega no lo es tanto por su derroche de sangre y vísceras y pasiones descontroladas sino por una visión realmente terrible de la propia condición humana que no puede ni podrá alcanzar nunca un mínimo de sosiego vital y existencial. Quizá, estos personajes lleven razón, es muy probable.  Admitiéndolo, no imagescabe más que admitir también que todo lo demás, lo que vino después, lo que sucedió y sucede es la fórmula que hemos encontrado para dar la espalda a esa insoportable verdad. Como dijo San Manuel Bueno: “hay que vivir. Hay que vivir”. Sin embargo, y para no ser demasiado trágicos, sí hay algo de lo que el ser humano puede sentirse orgulloso y complacido, quizá regocijado en su existencia: el arte. Homero, Esquilo, Sófocles o Eurípides cogieron todas esas cosas terribles, toda esa cólera, toda esa podredumbre y la convirtieron en algo bello. Ellos, como sus coetáneos en otras artes, tuvieron la sensibilidad, la necesidad de articular, de construir algo hermoso y sólido que también ya forma parte de lo que somos.

La náusea del extranjero

descargaPor abreviar y empezar por el principio: La Náusea es una buena novela, pero El extranjero es mejor. ¿Por qué? Porque La náusea intenta explicarse a sí misma y El extranjero no. ¿Es por esto mejor? Sí, básicamente en este caso. Sartre nos describe el infierno; Camus nos lo muestra. Roquentin tuvo la desdicha de encontrarse con sí mismo mejorado: Meursault. Pero no sólo mejorado en el fondo, también en la forma. Camus tiene a su favor la novela. Utilizó los recursos novelísticos para mejorar a su personaje igual que utilizó la subida de los cuellos de sus abrigos para mejorarse él mismo. Y es curioso, porque Sartre debería saber que en algunos casos (muchos) el pensamiento oculta al hombre, y en una novela, creo, es el hombre lo único que nos interesa. ¿Paradójico? Sí, pero hablamos de novelas. Es claro que el filósofo Sartre construye en La Náusea un hermoso pedestal para su causa: el pensamiento existencialista. “ Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad.”, dice Roquentin. En La Náusea asistimos a la transformación de un hombre que ha descubierto el hastío de si mismo tras coger una simple piedrecita de la playa y arrojarla al mar: “¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro. Una especie de náusea en las manos.” Después de esto empieza a no encontrar sentido a su rostro cuando se mira al espejo. Luego todo lo demás. Roquentin escribe su diario e intenta explicar la existencia sin hallar respuestas porque ya todo le parece gratuito e innecesario. “Lo esencial es la contingencia”, concluye. En su viaje solitario, Roquetin se encuentra con su Autodidacto, una especie de némesis que lo cuestiona y lo intenta convencer sin éxito. descarga-1Esta es una de las grandes diferencias con El extranjero. En la vida de Meursault no hay cuestionamientos, no hay piedrecitas catárticas ni explicaciones posibles. Ni siquiera María, su novia, que le pide matrimonio, se cuestiona demasiado la insoportable respuesta de Meursault. Este pasaje es esencial en la novela porque María, ante la indiferencia de él (Meursault le dice que si ella quiere se casará pero no tiene ningún interés, ni tan siquiera la ama, pero que no obstante si ella insiste…) sólo piensa que es un hombre extraño, pero que por eso lo ama (aunque bien pensado por esto mismo podría odiarlo), acepta su respuesta con naturalidad. Meursault es extraño, desapasionado, no tiene sentimientos y encima, es sincero. Una mezcla explosiva. Camus presenta a su personaje sin fisuras y desde las primeras páginas en su visita al tanatorio tras la muerte de su madre. No existen explicaciones: la extraña integridad del personaje nos abruma, nos sobrecoge. Intentamos buscarle agarraderas, sitios por donde asirlo pero… su indiferencia al mundo se nos escapa y nos enerva. “Habría querido tratar de explicarle cordialmente, casi con cariño, que nunca había podido sentir verdadero pesar por cosa alguna.” Y todo esto lo hace Camus en una novelita de frases cortas, partidas casi, seccionadas, rápidas. Una novelita llena de imágenes ásperas, potentes, duras en su desnudez…,  sobre todo en su primera parte (su llegada al tanatorio, el momento de la muerte del árabe…). Todo tan alejado de esas descripciones casi bucólicas de Sartre en su náusea. La propia forma de la novela, la manera en que está contada, imprime también carácter al protagonista, lo encierra para el lector en un mundo en donde no existen grises, o colores, tan sólo la luz del sol cegadora y la sombra dura que fabrica. Roquentin y Meursault comparte la misma visión del mundo pero están dibujados con pinceles bien distintos. Roquentin se marcha de la novela diciéndose que no existe para nadie y Meursault es ejecutado porque lleva hasta las últimas consecuencias su particular forma de ser y eso es intolerable para la sociedad en la que vive porque “el vacio de corazón que se descubre en este hombre se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.” Roquentin se nos pierde como un hombre y no sabemos qué será de él y Meursault termina como un monstruo. Es curioso, pero quizá el primero nos ayuda a comprender mejor el segundo. Quizá La Náusea nos ayuda a comprender un poco mejor al Extranjero. La filosofía nos ayuda con la novela. Tampoco cabe la duda de que El extranjero hace más viva a La Náusea. ¿Por qué? Porque en la ficción, en la mejor ficción, la vida se amplifica y perfecciona.

El cuaderno dorado. El juguete de Lessing

Lo digo ya y así comienzo por la última sensación que tuve al cerrar El cuaderno dorado: “Uíndice1f, menos mal. Ya está. Ya está bien. Ya se acabó.” Dejé la novela encima de la mesa del bar, encendí un cigarro y me recosté en la silla. Me empeñé en dejar la mente en blanco. Alivio. “Ya está.” Porque… podría no haber estado. Así de simple. El alivio no tendría porqué haber llegado en ese momento, se podría haber aplazado varios días más, casi interminablemente. Por eso daba gracias a Lessing de que ya hubiera parado. “Ya está bien”. Caladita al cigarro. En pocas ocasiones he salido tan exhausto de una novela, tan cansado. Este es el precio que hay que pagar por la lectura de la exuberante El cuaderno dorado. Esta novela es el resultado de la búsqueda de la Verdad, o al menos de algo que se le parezca. Parece que este libro es lo que ha quedado, la excrecencia, lo que ha salido. No el resultado buscado como solución perfecta a una ecuación, sino lo más cercano que ha estado Lessing de escribir esa “novela dotada de una pureza intelectual o moral tan fuerte que pueda crear un orden, una nueva manera de ver la vida.” índiceEl juego literario está fabricado tan perfectamente en esta novela, tan minuciosamente, que Lessing (ella sabe que la Verdad en la literatura es sólo una aproximación, quizá la más cercana) necesita crear la ilusión de realidad. Ella necesita que el lector se olvide de que lee una novela y desvía la atención a los cuadernos que Anna escribe, compartimentando y empaquetando sus experiencias vitales y sus profundas reflexiones. Lessing utiliza la novela para salir de la novela hacia un espacio real en donde pueda desarrollarse con más desenvoltura lo cotidiano, lo verdadero. Lessing juega hábilmente con frases de Anna del tipo: “está claro que transformarlo todo en una historia imaginaria es, simplemente, un modo de no enfrentarse con una verdad importante.” Lessing muestra el negro para que veamos con más luminosidad el blanco. En una novela encontrar la verosimilitud es esencial, y Lessing, en este aspecto, lo consigue. Una vez alcanzado este estadio Lessing nos lanza a conocer a Anna como escritora, como militante política, o como simple mujer, completando página a página, su vida, en una novela ambiciosa, exuberante, profunda y llena de vida. El cuaderno dorado alcanza sus mejores momentos en las descripciones de situaciones concretas, casi teatrales. Lessing se mueve como pez en el agua en estos momentos de intimidad de los personajes, ya sean encerrados en el dormitorio, en sus casas, en oficinas o en el metro. En estos casos de nuevo, la teatralidad, ayuda a esa sensación de realidad. Puestos estos mimbres llega el milagro. Y el milagro no es otro que la capacidad de la autora de profundizar psicológicamente en sus personajes, sobre todo en la condición femenina e intelectual de Anna, o Ella, o Molly, ya sea en el aspecto político, familiar, sexual, de pareja… “Acostumbrarse a ello… ¿Es esto la vida? ¿Acostumbrarse a cosas que son realmente intolerables?” Y lo intolerable es casi todo. Lo es la permanente frustración de no haber podido cambiar nada o casi nada en materia política; el fracaso en las relaciones de pareja, con esa eterna y cansada lucha de sexos; la familia y la aparición de los hijos… Todo parece ser una pesada carga. “Cuando una persona enloquece, ¿qué significa? ¿En qué momento se da uno cuenta de que está enloqueciendo, cuando se halla al borde de caer hecho pedazos?”, se pregunta Anna en el metro. Y entre todas estas diatribas aparecen y desaparecen personajes masculinos, objetivos imprescindibles en las vidas de las protagonistas, pero que resultan imposibles, en algunos casos pobrecitos dignos de lástima en otros seres despreciables y atormentados con quienes es imposible la convivencia por muy enamoradas que puedan sentirse, algo que las llena de vacío y sufrimiento. “Siempre me asombra en mí y en otras mujeres la fuerza de nuestra necesidad de animar a los hombres.” Las relaciones se suceden y una y otra vez la desesperanza y la desilusión. Y la profundidad psicológica es tan abrumadora, los caminos de la mente tan intrincados y tortuosos que acabas agotado y con ganas de terminar. Pero no termina, y de nuevo llega otro conflicto que la desbordante imaginación de Lessing vuelve a analizar. El poderío narrativo y literario parece no tener fin y eso hace que en algunas ocasiones la novela se pierda y canse. Pero el fin llega y lo agradeces, cansado del juego endiablado que mantiene la escritora con las cosas de la vida. Al cerrar la novela uno tiene cierta sensación de miedo porque ha descubierto que hay infiernos en este mundo en los que es mejor no caer.  Quizá lleve razón Anna cuando dice que “en un mundo tan terrible como el nuestro, es preferible limitar las emociones”, quizá sea mejor así, estar tranquilitos y pasar de puntillas por las cosas.

Thomas Bernhard. Como suele decirse. Pienso

descarga (10)Aquí doy de mano. Tras cinco novelas del amigo Bernhard (Hormigón, Tala, El Malogrado, Extinción y Corrección) ya es suficiente para un novelista que sólo escribió una novela con distintos títulos. Los temas que trató fueron siempre los mismos y de la misma manera. Eso sí, lo hizo siempre de una manera brillante, exageradamente brillante, o de una manera exageradamente brillante, pienso. El amor a la naturaleza, a la gente sencilla; su odio a Austria o a lo alemán y todo lo que tiene que ver con Autria y lo alemán, a lo intelectual o, como suele decirse, a lo básicamente intelectual…, a lo artístico como artificio. La soledad. La ignorancia. La limitaciones del ser humano… Un montón de temas que son repasados una y otra vez obsesivamente en su trabajo, todo ello bajo la mirada atenta de un mismo personaje narrador y bajo una forma de narrar que utiliza la misma cadencia y frases para todos sus trabajos literarios, o lo que viene siendo todas sus obras o trabajos. Vayamos al titular: Bernhard es un genio que nunca escribió una obra maestra. ¿Y por qué, siendo un genio, nunca escribió una obra maestra siendo un genio y haber podido? Esta y no otra es la cuestión, porque buscando la respuesta a esta pregunta hallaremos una de las claves, que a mi juicio, hacen de Bernhard un literato incompleto que fue capaz de hacer grandes obras literarias, y no tanto grandes novelas, u obras maestras, como suele decirse.  No se discute aquí la genialidad indiscutible de Bernhard, es un enorme literato, con una capacidad estilística casi sin paragón (acaso en el siglo XX sólo superada por Faullkner, que sí hizo obras maestras porque tenía lo que Bernhard no tiene, y que tratamos de encontrar) y que ha sido imitado por otros que vendrían. Bernhard utiliza para estas cinco novelas la misma técnica de frases intrincadas y circulares que tienen algo de hipnótico o de prestidigitación. Es maravillosamente preciso y calculador; embaucador y a la vez terriblemente sencillo y claro. “…en los último años no hacía ya experimentos yendo a Altensan sin visitar la casa de los Holler y a Holler y a los Holler, jamás iba ya sin visitar a los Holler y a Holler en casa de los Holler, sin alojarse antes en la buhardilla de los Holler…” descarga (11)Así es Bernhard todo el tiempo, o casi todo. Tras esta película o velo más o menos denso según la página u obra en cuestión pululan todos esos temas arriba mencionados exagerados hasta la exageración, como suele decirse. Odios y cariños tan radicalizados y exagerados que a veces dan risa. “Como su idioma que es lo más insoportable. Lo aleman es lo más insoportable, decia.” Los narradores de Bernhard hacen de lo exagerado su ideología. Y esto tiene un resultado magnífico durante un tiempo y un espacio (lo exagerado en el arte siempre es un punto a favor), las frases exageradas y grandilocuentes tienden a atraernos, más si, en numerosas ocasiones, son sentencias acertadas, o creemos acertadas, como esta de Tala: “Creemos tener derecho pero no tenemos ningún derecho, pienso. El mundo, todo, es la injusticia.” Las novelas de Bernhard están pobladas de estas frases grandilocuentes y desacomplejadas, parecen no tener réplica, estar escritas en piedra. Y esto gusta, más si el lector es proclive a la exageración y a lo dogmático, o a lo literariamente dogmático, o está en la misma cuerda, como suele decirse. Bernhard nos presenta siempre una historia y un narrador (en realidad único personaje de la historia, ya que lo demás solo es un escenario para sus cuitas) ya construido que lanzan estas frases, entendemos, fruto de la razón algunas, fruto de la experiencia otras. Personaje dorado o quemado por la vida que sentencia a diestro y siniestro sin que el lector tenga la oportunidad de amarlo u odiarlo. Está ahí, es así, no tiene solución o enmienda. Puestos a exagerar nunca como lector me he sentido tan fuera de una novela, tan que no pinto nada, tan que no puedo hacer nada. Todo en el único personaje de Bernhard, su narrador, está absolutamente resuelto, absolutamente claro, absolutamente pensado.  No hay nada que reclame nuestra complicidad o participación, no hay nada sugerente, no hay emoción. Bernhard da una vuelta de tuerca a la novela y la convierte de lo que siempre ha sido (complicidad,  participación a modo de reconocernos en los personajes, sugerencia, emoción…) a un producto literario (no utilizo producto de manera peyorativa, todo lo es) libre de esas “trabas” mostrándonos una obra rocosa, desnaturalizada y deshumanizada (el narrador lo es exageradamente, nadie es así) con el propósito de dibujar desproporcionadamente lo evidente para hacerlo más evidente aún. Aquí acierta. La lectura de Bernhard es eminentemente intelectual y desde aquí  hay que buscar el placer que el lector pueda obtener. Este y no otro asunto hace que Bernhard no haya escrito su obra maestra. No puede escribirse ninguna obra maestra obviando la mitad de nosotros mismos; nuestras contradicciones, lo que nos hace humanos, nuestras emociones. No vale con enseñarlas exageradamente, tienen que hacérnosla comprender. Y Bernhard no lo hace, no nos da las claves para comprender.  Es cierto que para un tipo de lectura no haría falta, igual que para conducir un coche no hace falta saber de mecánica, pero hablamos de la novela, de personajes, del ser humano, y nada es más necesario que comprender. Bernhard es un grande, sus novelas son magníficas novelas y las he leído con gusto porque su estilo es portentoso, aunque nunca me han emocionado. Cuando se habla de las alturas al final todo queda reducido a una cuestión de gustos.  Para cerrar, una frase de Extinción: “Nos acostumbramos muy fácil y muy rápidamente a odiar, a condenar, sin preguntarnos si nuestro odio y nuestra condena tienen, con el tiempo, la más mínima justificación.” Esta es la clave de Bernhard. Sus novelas nos muestran esto mismo: odio y condena sin justificación. El asunto está en que esto guste más o menos y en aquello que busquemos en la novela. Yo busco placer y respuestas, pequeñas y humildes respuestas. Bernhard nos ofrece un mundo de odio y condena. En sí mismo está bien, es magnífico, pero me gusta saber algo de mecánica. Acudo por último al ensayo de Sartre sobre literatura. “El pensamiento oculta al hombre, y es el hombre el único que nos interesa. Un sollozo desnudo no es bonito, molesta; un buen razonamiento ofende también.” Y sí, me he sentido a veces ofendido por Bernhard (se me entienda). Le he tenido que perdonar mucho para poder seguir leyéndolo. Pero lo he hecho. Y después de todo lo escrito aún me pregunto por qué.

Rojo y Negro. El poder de la novela

descarga (8)Rojo y Negro es Julián Sorel. Es su mayor creación. Ambicioso, inseguro, receloso, desconfiado… con una memoria asombrosa que tantas veces, dice el narrador, va unida a la estupidez. Una estupidez, que por otro lado le hace vivir singulares y hermosas experiencias. Rojo y Negro es Julián Sorel porque lo cogemos y lo soltamos y escudriñamos sin contemplaciones, observadores impúdicos de su vida. Hay un ejercicio altísimo de voyerismo en el lector que se acerca a esta novela, mucho más que en otras. Stendhal lo examina desde todos los ángulos y lo juzga, a saco, siempre desde una mirada magnánimamente cruel. “Confieso que la debilidad de la que Julián dio prueba en aquella conversación me hizo formar de él una pobre opinión”, dice el narrador sin miramientos. Seguimos a este personaje como en un larguísimo plano secuencia, siempre de la mano de un director de escena preciso, irónico, inteligente, mordaz, desacomplejado, seguro de lo que está contando porque conoce a la perfección tanto lo que quiere contar como la forma de hacerlo. Esta es una característica esencial y perturbadora de literatos como Stendhal, parecen ser escritores absolutamente desacomplejados (otra vez). No temen las generalizaciones porque están convencidos de que son exactas, incuestionables; no se achantan ante la frase ampulosa porque esa es la frase precisa, sin solución de ser refutada. “No esperéis hallar en Francia esos pintorescos jardines (…), en Francia cuanto más se eriza la propiedad de piedras colocadas unas encima de otras más derechos se adquieren para con los vecinos.” Son dictadores en su propio universo literario. Escriben totalitariamente. Pueden permitírselo porque son cabezas alumbradoras de hijos perfectos. Son osados a la hora de dibujar (parece que el tiempo les ha dado la razón) el mapa de su tiempo. Un mapa, literariamente hablando, precioso, artístico, encantador, genial, quizá irreal como puedan parecerlo las más bellas obras de arte, de otro mundo. Su propensión al Todo podría causarnos rechazo, pero nada más empezar entendemos que hay un genio ahí que es capaz de dominarlo, que es capaz de utilizar la literatura para dominar al Todo. Nada hay más relajante para un lector que enfrentarse a alguien con oficio y genio que domine por nosotros la escena. Más aún en estas novelas que pretenden agarrarlo todo, que apuntan alto, que quieren contarnos qué eran y cómo eran en el mundo las gentes que lo poblaban. Es precisamente en esa propensión a la generalización, en un ámbito como el literario que siempre (así debe ser) debe acudir a los matices, a lo oculto, a la interpretación, la que nos deja anonadados, la que hace decirnos: “bien, este tipo está tan seguro de los que dice y lo dice tan bien que debe ser cierto”. El médico nos ofrece un diagnóstico y quiénes somos nosotros para contradecirle. La verdad científica del médico la persigue la literatura de Stendhal. Es encomiable la búsqueda de esas verdades, sobre todo contempladas desde hoy en día en el que la verdad está tan cuarteada que nadie puede verla claramente. Y es posible, altamente probable, que entonces, igual que ahora, aquello fuera un cristo difícil de descifrar.  Con “La verdad, la dura verdad” de Danton se inicia la primera parte de esta novela que busca eso mismo, la dura y tal vez sucia verdad. “He amado la verdad… ¿Dónde está? En todas partes la hipocresía, o, al menos, el charlatanismo, hasta en los más virtuosos, incluso entre los más altos…”

descarga (9)Y luego… la novela, lo novelístico. A lo largo de Rojo y Negro Stendhal acude a lo novelístico al menos en doce ocasiones para… no dejar en muy buen lugar a la novela misma, sinónimo de descrédito o falso, o fuera de la realidad. “Más de una vez me han acusado de novelesco”, dice Sorel en referencia a su huida de la ciudad hacia los bosques y la tranquilidad. El narrador acusa a Julián de padecer los “prejuicios sacado de las novelas”; de mademoiselle de La Mole se dice que “era un alma noble pero un poco novelesca”; de “causa novelesca” se tacha al juicio a Julián; se dice de Sorel que “dirige alabanzas exageradas y de mal gusto que seguramente aprende de memoria en alguna novela”… Mucho podría decirse de estas continuas alusiones a lo novelístico, pero quedémonos con una: la novela ha calado tanto en la sociedad francesa del momento que ha logrado incluso moldear y cambiar voluntades y caracteres. La literatura llega, creo, al culmen de su poder. Algo que pocas o ninguna otra disciplina artística ha conseguido. Rojo y Negro es lo que quiero de una novela: ser vapuleado, cuestionado, maltratado, mimado, compadecido, guiado por el genio. El arte es el lugar más hermoso al que puede acudir el alma solitaria. Allí se puede compartir sin tener nada que ofrecer, acaso la mera voluntad de hacerlo si se tuviera. En fin.

Guerra y Paz. La rueda no para de girar.

20475218No he encontrado ni un gramo de esperanza en Guerra y Paz. No, no hay esperanza ni puede haberla. Todo atisbo de esa semilla queda aplastada invariablemente  antes de dar su minúsculo fruto. La paz, y con ella la ilusión de esperanza, no es más que una tregua entre los silbidos de las balas. La guerra es siempre. Esto es esta novela: una historia de animales malditos que pueblan este mundo.
antoine-jean_gros_-_napoleon_on_the_battlefield_of_eylau_-_google_art_projectLo confieso: se me han humedecido los ojos en más de una ocasión leyendo algunos momentos de esta colosal novela. Tolstoi me lleva a conocer la guerra en su más cruda realidad, y no sólo al campo de batalla, sino también al interior de ese rebaño maldito y ruidoso que lo puebla. Recuerdo más los pensamientos lastimeros de los guerreros que el sonido de los cañones y las balas. “¿Quiénes son? ¿Por qué corren? ¿Acaso vienen a por mí? ¿Y para qué? ¿Para matarme? ¿A mí, a quien todos quieren tanto?”, piensa el pobre Rostov en medio de la batalla. Su inocencia perturba al lector, lo sorprende, lo sobrecoge,  y por último… ¿Acaso uno puede preguntarse otra cosa en medio del infierno sobrevenido tome la forma que tome? ¿A mí, por qué a mí? Es la primera y única pregunta. El humo  de los cañones alrededor de un alucinado Pierre en Borodinó. “¿Qué hace dando vueltas por aquí, bajo las balas?”, le pregunta un soldado. Pierre ni siquiera intenta cubrirse, no sabe dónde está mientras pisa a los muertos. Él, que tanto amaba a Napoleón. Andrei herido: “Es una pena. ¿Qué habrá ahora? Algo más, todavía algo más. Es una lástima.” Luego… ¿la paz? No, es imposible. No hay paz posible mientras resuene el sonido de las balas y los muertos estén calientes en nuestros corazones. Hay algo entre la guerra y la paz: un desierto habitado por la vida cotidiana que puede parecer cargada de esperanza, pero que no está lleno sino de legítimo rencor y odio. La paz llegará, pero nunca es tras la guerra. Hasta ese momento envolvámonos en la bandera de la resignación, agachemos la cabeza y, tímidamente, dejemos pasar el tiempo. Pero… ¿POR QUÉ? ¿Resignación? ¿Agachar la cabeza? Ante cualquier conato de rebeldía Tolstoi antepone la enorme rueda del mundo que no para de girar y que nadie puede detener. La novela está plagada de alusiones a lo inevitable: “…pero entendió que todo era como tenía que ser”, piensa Pierre, zarandeado por las costumbres.  “Porque así debe ser. Y todo da igual, da igual”, se dice Andrei. “Había de suceder lo que había de suceder”, se dice el propio Tolstoi en un extraño capítulo explicativo que rompe la narración sin ningún sentido. La fatalidad, el azar, la rueda que no para de girar y te pilla y no lo entiendes. La muerte sobrevenida porque estabas en el camino de una bala que no iba destinada a ti, o sí, o a todo el mundo o a nadie porque estar vivo es eso, perder siempre sin ni siquiera saber la causa. Esto es Guerra y Paz. Nada más y nada menos. Un mosaico de vidas puestas en el mundo, viviendo lo que toca vivir, haciendo lo que toca hacer. La mayoría de ellos no se preguntan por qué, aunque algunos sí. Y quizá, contradiciéndome a mí mismo, en esas preguntas pueda existir la semilla de una esperanza. Una semilla que crece en un hábitat proclive a los bruscos cambios de tiempo, a los vendavales y las tormentas, a la calima, al frío glacial: nuestra mente. Un recipiente extremadamente frágil que se rompe con una bala, con la caída de un caballo, o simplemente con el peso de su propia existencia.

Doktor Faustus. Un viaje a la oscuridad.

81fdbf01b7l-_sl1178_Hay que agarrarse a la emoción que desprenden las últimas páginas de esta novela casi inabarcable. Es lo mejor que podemos hacer después del arduo camino que ha significado su lectura. De hecho es la emoción la que nos sostiene y nos detiene, impávidos, escuchando los ecos de su último grito de acordes disonantes. No hay posibilidad de otra cosa, sólo sentir una extraña desazón y a la vez casi un alivio. Hay silencio en el final de Doktor Faustus. Acaso sólo se escuche, ya vagamente, la voces poderosas de Serenus Zeitblom y la señora Schweigestill llamando a la esperanza uno, y a la comprensión otra. Hay un silencio de horror y de espanto que es difícil disimular ni siquiera con un armónico silbido. El máximo poder de esta novela reside en su capacidad de sugestionar al lector, casi de dominar su voluntad, haciéndolo caer por una espiral de misterio al fondo de un lugar que puede ser más terrorífico que el mismísimo infierno: el alma humana. O quizá no. El biógrafo dice: “Adrián era una de esas naturalezas en las que el alma no está muy presente.”  Thomas Mann se convierte aquí en un hipnotizador. Su virtuosismo es tal, su narración tan poderosa que ha engendrado un clásico al que ya será inevitable no volver. No hay momento para la razón tras cerrar Doktor Faustus, pero lo hay más tarde, porque es absolutamente imprescindible en esta la más elevada de sus novelas. Uno de sus mayores logros es la voz narrativa elegida por el alemán para contar la vida de Adrián Leverkühn, para contar la historia de una Alemania que se derrumba ante la sinrazón. Oh, querido Zeitblom!! ¿Hay alguien que no quiera ser contado por tu maravillosa y comprensiva pluma? Pero has elegido contar la de un compositor, y la de su música, y la de Alemania.  Siempre desde lo oscuro, lo oculto, lo no aparente. Tú, un hombre sencillo, apocado casi, asustadizo, pero fiel, amable, amigo. Proust decía que solía poner en sus juicios mundanos impresiones poéticas y tú eres igual. La mirada tierna que mira al infierno, no sin temor. Aunque también una mirada crítica, a la chita callando, como suele decirse, sin hacer demasiado ruido.

La novela de Mann es inagotable, densísima. El genio, la razón, ladescarga música, lo burgués, la libertad: “¿Y en qué consiste la libertad? Únicamente es libre lo indiferente. Lo característico no lo es nunca.”  Sería imposible tratar todos los temas de esta insondable novela, de esta novela total que abraza la existencia desde múltiples aspectos. Pero… quedémonos con tres cosas: la Vida, el Arte y la Ambivalencia como conflicto. Mucho de la novela de Mann coexiste con dos visiones opuestas, empezando por Adrián y Serenus, su biógrafo, almas absolutamente distintas. El mal y el bien; los méritos naturales y los propios “los méritos naturales son méritos que Dios nos concede, no son méritos propios. Su Rival, que la soberbia precipitó en las tinieblas, trata de hacérnoslo olvidar”; la juventud que… ¿debe de tratar de analizarse a sí misma o, por el contrario, corresponde exclusivamente al ser directo e inconsciente?; lo irónico y paródico frente a “la amenaza de esterilidad que la extensión de lo trivial, unida al escepticismo y a la timidez intelectuales, hace pesar sobre todo temperamento favorecido por dotes excepcionales.”; el arte como una fuerza al servicio de una comunidad, que emprende “el camino del pueblo”, o el arte como ofensa a la multitud, que como dice el biógrafo “acabará siempre por ser benéfico para los hombres.”  

No es exagerado decir que acudiré a esta novela como quien va a misa, dispuesto a escuchar la palabra escrita del todopoderoso Mann.